Un llanto de esperanza en el desierto

Un llanto de esperanza en el desierto

Hoy comienzo compartiendo un escrito de una gran amiga que entre lágrimas me compartió el siguiente fragmento que escribió hundida en su más terrible depresión y soledad.

Se me muere el amor lentamente.
Comenzó a morir cuando fue secuestrado
Por la soledad y la indiferencia.
Desde entonces allí se encuentra
Sin encontrar ruta de escape
Y morirá prisionero de su propia soledad. 

Un llanto de esperanza en el desierto
(Photo by: Pixabay)

Este escrito me motivó a señalarte, querido lector, que la “Palabra viva de Dios”, se ha encargado de identificar no solo los momentos existenciales de frustraciones, desilusiones y situaciones ilimitadas que no sólo desesperan, sino también las vivencias de libertad y esperanza que surgen como un llanto de esperanza en el desierto.

El desierto, aparece en los libros sacros, como una figura del lenguaje que nos describe de una manera dramática y fehaciente el contraste de situaciones ilimitadas de desesperanza, así como aquellos momentos de vida maravillosos con vestigios de esperanza y realización.

Una de las historias más conmovedoras relatada por el autor del Génesis, es sin duda, la historia de Agar y su hijo Ismael, en el desierto de Beerseba. A continuación:

Abraham, decide seguir el consejo de su esposa Sara, de echar a Agar su sierva con su hijo, de esta sierva para que no heredara con su hijo Isaac. Entonces Abraham se levantó muy de mañana y tomó pan, y un odre de agua, y lo dio a Agar, poniéndolo sobre sus hombres y le entregó al muchacho, y lo despidió.

Y ella salió y anduvo errante por el desierto. Y le faltó el agua del odre, y echó al muchacho debajo de un arbusto, y se fue y se sentó enfrente, a distancia; porque decía: “No veré cuando el muchacho muera». Y cuando ella se sentó enfrente, el muchacho lloró. Y oyó Dios la voz del muchacho; y el ángel de Dios llamó a Agar desde el cielo, y le dijo:

“No temas, porque Dios ha oído la voz del muchacho. Levántate, alza al muchacho con tus manos, porque yo haré de él, una nación grande”. Y Dios estaba con el muchacho y creció y habitó en el desierto de Perea y se casó con una egipcia.

Esta narración bíblica pareciera patética, pero también iluminadora. No está lejos de la experiencia existencial de los humanos. Porque también hay momentos en la vida en que el cielo se nos viene encima y la experiencia nuestra se nos parece a la de la sierva Agar con Su hijo Ismael.

Nosotros también tenemos desiertos en nuestra experiencia de vida. Es que el llanto de esperanza del desierto nos habla con categoría de esperanza. Siempre tiene que aparecer mi frase favorita y ojalá aparezca siempre en mis escritos: “El hombre es más que carne y hueso, es recuerdo y esperanza”. Los recuerdos de vida nos enseñan porque están llenos de esperanza.

Vivir en el «desierto espiritual»

Toda aventura espiritual pasa necesariamente a través del desierto. Es la prueba de la providencialidad y también de la precariedad. Es lugar donde la realidad se despoja de la apariencia para sacarnos de lo efímero y descubrir lo que realmente es esencial e indispensable.

En el desierto se encuentra uno frente a un cielo sin límites, frente a la arena y el propio ser. Nada más. Hay un silencio, cortado únicamente de cuando en cuando, por una ligera brisa que los árabes interpretan así: Es el llanto del desierto porque quiere ser verde.

En el desierto el hombre se ve obligado a encontrarse cara a cara consigo mismo. Es por eso que es fascinante, pero también nos asusta. Es la tierra de la gran soledad y el hombre instintivamente tiene miedo de sí mismo, pero a la misma vez es esperanzador porque estar a cara consigo mismo es también preludio de un compromiso con Dios.

Ahora bien, saber vivir en el desierto no significa vivir solitario sin los otros, sino vivir con Dios. Él es el que descubre nuestras soledades, el que provoca el encuentro que nos seduce a vivir la vida de altura, la vida de excelencia. Por eso el desierto obliga a esta apertura, quedando libre con corazón para escucharlo. Para caminar en el desierto de la vida es obligatorio contentarse exclusivamente de Dios, Él debe ser todo. Es así como Dios manifiesta su presencia, su intervención, y se manifiesta como guía en nuestro desierto.

Es una presencia cierta, pero escondida a la misma vez. Es sol, pero también es la nube que te da sombra. El Sol esta ahí, pero la nube nos cubre con su sombra, aunque no deja de estar tras la sombra. La gran prueba del desierto, es definitivamente, la de la fe. Sin fe no puedes vivir en el desierto. Gracias a la presencia de lo único necesario, el desierto se libera de su aridez, se salva de la esterilidad; y se hace tierra fecunda. Se transforma en el jardín del Edén.

Cuando el desierto florece

El desierto puede florecer. El silencio puede convertirse en mensaje. La soledad en comunión. Así como el pueblo fue llamado al desierto también nosotros somos llamados. El desierto es el lugar donde estás. Es tu situación concreta. Es nuestra existencia de cada día que se desarrolla de la pista uniforme de las ocupaciones habituales, en medio del polvo de las cosas ordinarias, en una atmósfera dominada por los tonos grises. Así el desierto se convierte en la prueba de la fidelidad.

Un llanto de esperanza en el desierto
(Photo by: Pixabay)

Vivir en amargura

A veces sentimos la amargura cual Agar, en la soledad e indiferencia de nuestros desiertos, cuando aun palpamos la ceguedad de nuestros desalientos. Pero hay un Dios con un sol brillante, que envía una sombra para cubrirnos de los momentos desérticos. “Ay Agar, si tan siquiera te hubieras recordado del día cuando nació Ismael, tu hijo. El ángel de Dios te había dicho: Multiplicaré tanto tu descendencia, que ni podrá ser contada a causa de la multitud”, ¿Cuánta incertidumbre no te hubieras economizado?

Hay un dicho que dice: “No aprendemos por caminos ajenos” y a veces cometemos los mismos errores. ¡Cuántas veces sentimos el desaliento, como si la esperanza se tornara en lamentos y se estuviera muriendo lentamente secuestrada por la soledad y la indiferencia, sin vislumbrar el camino a seguir, prisionera de su propia desesperanza.

Dios escucha el llanto inocente del niño que tenemos por dentro y nos dice: “He oído tu clamor”. Agar, no temas, he oído la voz del niño”. Levántate de tus depresiones. “Entonces Dios le abrió los ojos y vio una fuente de agua y fue y llenó el odre de agua, y dio de beber al muchacho”.

Hoy es el día de salir de la cama, desmemoriar y vivir de la esperanza. Dios, quiere que te levantes y veas el futuro que hay destinado para ti. Es hora de dar uso a tus odres y a tus herramientas. Hay que darle vida a tus esperanzas escondidas debajo del arbusto necesitadas del agua de vida que te da libertad para la acción. Las esperanzas de Ismael son también tus bendiciones.

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