No es bueno que el hombre esté solo

No es bueno que el hombre esté solo

Por Jorge Julio González

“La fiebre perruna del hombre solitario”, cuando corremos en círculos tratando de mordernos la cola.

No es bueno que el hombre esté solo, ni tampoco la mujer. Sin embargo, la mayoría trabajamos afanadamente para lograr todo lo contrario.

No es bueno que el hombre esté solo
Photo by: Adobe Spark

Mi primo en el norte de California sabe bien de qué hablo. Después que su matrimonio de varios años estalló en pedazos, se siente, según sus descriptivas palabras, “como un perro solitario”. Su relación, como muchas hoy en día, fue desde el primer momento una bomba activada contra sí mismo.

Para estar a la moda de los virus, se me ocurre llamar a esta pandemia de incomunicación que recorre el planeta de arriba abajo y para la cual no parece existir vacuna a la vista, la fiebre perruna del hombre solitario.

Inoculados en su remota infancia por un virus afectivo incurable, los pacientes de la “fiebre perruna” buscan los más inverosímiles medios de comunicación para ser escuchados, al mismo tiempo que instalan sobre sí mismos un sordo egoísmo que los hace cada vez más solitarios. Sin recibir respuestas, baten, claman, protestan, gimen, sacuden y gritan, a su cónyuge, a sus hijos, amigos y a Dios.

Mi primo vive solo en un tranquilo barrio de clase media donde hay pocos latinos. De mediana edad, todavía ágil y bien parecido, trata de mitigar su soledad asistiendo todos los sábados a una academia de salsa. Allí se siente rodeado de gente, mientras luce sus mejores pasillos de baile. Conoce mujeres contagiadas por el mismo mal y con un pasado que terminan por agobiarlo, y las nuevas relaciones se tornan desabridas, imprecisas y cortas.

No es bueno que el hombre esté solo, y muchos se la han ingeniado para recurrir a las redes sociales de la Internet. A mi modo de ver, la más representativa de la fiebre del perro solitario es el Twitter, una de las redes sociales más famosas junto a Facebook, que surgió en 2006 con el simple propósito de conocer lo que nuestros amigos están haciendo.

Según sus fundadores, la gente está ansiosa por conectar con otras personas, y Twitter lo hace sencillo. El sistema lanza una pregunta: “¿Qué estás haciendo?” Los mensajes de texto no podían pasar los 140 caracteres de longitud (en este momento pueden ser hasta 280) y se pueden enviar vía teléfono móvil, mensajería instantánea, o por medio de una página en la web.

La pregunta “¿Qué estás haciendo?” es retórica. Es decir, los usuarios de Twitter no esperan una respuesta de amigos, familiares o compañeros de trabajo. La clave principal de su éxito es que ofrece la posibilidad de explicar brevemente aquello que hacemos o pensamos a través de mensajes cortos que son enviados a toda una creciente lista de seguidores, con toda la curiosidad que despierta saber lo que hacen los demás sin ningún compromiso de diálogo.

Con la misma retórica, le he preguntado a mi primo de California: What are you doing man? No he podido exceder los 140 caracteres al decirle que no es bueno que el hombre esté solo, que se compre un French Puddle como el de mi hija Keren, o un chihuahua, tan de moda en estos días entre las personas solitarias. (No en balde los supermercados de mascotas de los Estados Unidos son de los pocos negocios que han resistido la crisis económica). Le conté que los perros se quieren mucho y que mi esposa nunca se ha comprado para ella un shampoo tan caro como el que le compra a Daisy.

Pero mi primo no es un hombre Twitter ni le gustan las mascotas. Tampoco tiene un gran compromiso religioso que le baste para mantenerse célibe, pues esto es don divino. Él quiere la ayuda idónea para el hombre común que Dios creó.

A sus discípulos cristianos el apóstol Pablo en su momento les recetó una fórmula para evitar la soledad crónica y autodestructiva que hoy en día también socava a tantos ministerios: “Digo, pues, a los solteros y a las viudas, que bueno les fuera quedarse como yo; pero si no tienen don de continencia, cásense, pues mejor es casarse que estarse quemando”.

Pero los ministros muchas veces olvidan que después hay que fundirse en una sola carne, si no quieren comenzar con el conteo regresivo de la fiebre del perro solitario.

En todo esto pienso, mientras le sigo enviado mensajes retóricos a mi querido primo de California: “¿Qué estás haciendo con tu vida, man?”.

http://enverdadtedigo.com

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