Mientras escribo estas líneas una intensa lluvia golpea la ventana de mi cuarto y el frío de la noche me confirma que el invierno ha llegado a esta parte del mundo. Esta época de días cortos y árboles sin hojas siempre trae a mi memoria la etapa invernal que experimenté años atrás en mi ser interior.
En dos ocasiones me hice preguntas que turbaron mi existencia: «¿Y si Dios no existe? ¿Y si verdaderamente no está ahí?» Debo aclarar que desde mi infancia abracé una fe comprometida, por lo que ese auto cuestionamiento en plena adolescencia fue un verdadero «shock» que alteró estructuralmente mi personalidad.
Sentí en carne propia lo que implica estar solo y perdido en la masa de gente que transita nuestras ciudades. Desde una nueva perspectiva analicé y comprendí el origen, la actualidad y la proyección de la raza humana sobre la Tierra. Llegué hasta lo más profundo de la depresión y concluí diciendo: «si no hay Dios, la vida no sirve para nada, porque estamos perdidos y abandonados a nuestra propia suerte».
Pero en ambas ocasiones, mi ansiosa búsqueda por encontrar la verdad me llevó a redescubrir y afirmar mi propia fe, y confirmar en lo profundo de mi corazón que Dios no solamente está «ahí», sino que también está «aquí», en mi propia vida.
Henri Nouwen (mi autor favorito), escribió: «Sé que el hecho de buscar constantemente a Dios, de luchar sin cesar para descubrir la plenitud del amor, de ansiar siempre la posesión de la verdad completa, es un indicio de que ya se me ha permitido un cierto gusto de Dios, del amor y de la verdad. Sólo tengo que seguir buscando algo que ya, hasta cierto punto, he encontrado».
La Biblia dice: «El Señor, en el momento preciso, todo lo hizo hermoso; puso además en la mente humana la idea de lo infinito, aun cuando el hombre no alcanza a comprender en toda su amplitud lo que Dios ha hecho y lo que hará» (Eclesiastés 3.11).
Lo desafío hoy mismo a que redescubra al Dios Creador a través de Jesucristo, quien nos enseñó a orar mediante el Padre Nuestro: «hágase tu voluntad en la tierra, así como se hace en el cielo». ¡Que así sea también en su propia vida!
(autor desconocido)





