
No es la voluntad de Dios que vivamos con ansiedad sino en paz, sabiendo que El tiene cuidado de nosotros. “Porque yo Jehová soy tu Dios quien te sostiene de tu mano derecha, y te dice: NO temas, yo te ayudo” (Isaías 41:13).
Recursos para vivir la fe

La calma después de la tormenta nos invita a reposar; a estar quietos, que es la más difícil de las disciplinas para nosotros. Así que sin claudicar, Alabemos a Dios por la dificultad que nos ha impuesto la pausa en nuestro pentagrama diario para oír su voz sin palabras, el mensaje Divino que nos alienta en nuestras angustias y sosiega nuestra tormenta.

El prejuicio es una enfermedad (en gran medida contagiosa) que sigue causando muchos males en las relaciones humanas. Cuanta gente es menospreciada por el solo hecho de pertenecer a otro grupo o tener una etnia distinta a los demás. Y a pesar de esto seguimos llamándonos “Cristianos” negando con nuestro pensar la eficacia de la gracia de Dios.

Seamos capaces de dominar esa sensación de coraje por algo o contra alguien para que no se contriste el Espíritu Santo con el cual fuimos sellados para el día de la redención. Aprende a sobrevivir con la tolerancia y una perspectiva diferente. Trata de encontrar siempre el lado bueno de las cosas y confía que en los demás siempre hay algo digno de admirar. Tendrás un mejor día y mucho más serenidad si logras hacer estas cosas.

Unos más y otros menos, todos padecemos en algún momento una situación insostenible. En algunos casos la buscamos y en otras ellas llegan solas, de todos modos no son bienvenidas. El mismo Jesús nos advirtió: “En el mundo tendréis aflicción”… (Juan 16:33) De modo que estas son inevitables, pero no tienen que ser la norma que determina nuestra felicidad. Ahora bien, hay tres maneras de enfrentar toda situación adversa, todo momento crudo que amenaza nuestra paz.

Nuestra sociedad necesita realizar un cambio radical en su actitud hacia las cosas Divinas. El culto a Dios tiene que ser más que un cumplido un acto devocional en el cual se opere una entrega y un cambio radical en nuestras emociones y en nuestro pensamiento. Tenemos que llegar al culto con un sentido de sacrificio, de entrega absoluta; solo así se producirá el cambio que necesitamos para una convivencia sana y pacífica.
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