“Y para que la grandeza de las revelaciones no me exaltase desmedidamente, me fue dado un aguijón en mi carne, un mensajero de Satanás que me abofetee, para que no me enaltezca sobremanera: respecto a lo cual tres veces he rogado al Señor que lo quite de mi. Y me ha dicho: Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad. Por tanto, de buena gana me gloriare mas bien en mis debilidades, para que repose sobre mi el poder de Cristo” (2 Corintios 12:7-9)
Los creyentes son recipientes de los beneficios del sacrificio de Cristo en la cruz donde Él llevó, de acuerdo a Isaías, todas nuestras dolencias (Isaías 53:5). Y por cuyas heridas fuimos sanados (1 Pedro 2:24).
De acuerdo al apóstol Juan la voluntad de Dios es tanto nuestra salud física como espiritual. En la misma línea de pensamiento el apóstol Santiago escribió: “¿Está alguno enfermo entre vosotros? Llame a los ancianos de la iglesia, y oren por él, ungiéndole con aceite en el nombre del Señor. Y la oración de fe salvara al enfermo. Y el Señor lo levantará; y si hubiere cometido pecados, le serán perdonados (Santiago 5:14-15).
A priori éstas y otras escrituras nos aseguran que la sanidad física es parte de nuestra herencia como hijos de Dios. No hay duda alguna que como dice el apóstol Juan esto es lo que Dios desea: “Amado, yo deseo que tú seas prosperado en todas las cosas, y que tengas salud, así como prospera tu alma” (3ra Juan v.2). Podemos orar confiadamente por “Sanidad” pero .. ¿Qué pasa si Dios no hace el milagro? Tomemos el ejemplo de Pablo, El aceptó convivir una condición desagradable, pero lo hizo para mantenerse humillado ante Dios.
Las enfermedades aunque pueden ser consideradas una anomalía en nuestras vidas; no siempre son señal de pecado; pueden servir para exaltar a Dios por medio de nuestra perseverancia en la fe. “No es que pecó este ni sus padres, sino para que las obras de Dios se manifiesten en Él” (Juan 9:3).
El mismo Pablo reconoció la condición física de Timoteo cuando le escribió: “Ya no bebas agua, sino usa un poco de vino por causa de tu estómago y tus frecuentes enfermedades” (1 Timoteo 5:23). La enfermedad puede servir como instrumento para la proclamación del evangelio “Pues vosotros sabéis que a causa de una enfermedad del cuerpo os anuncié el evangelio al principio” (Gálatas 4:13).
Aun en el ministerio de Jesús, no dice que todos fueran sanados, “El Sanó a muchos” porque los milagros no fueron hechos para impresionar a los hombres sino para glorificar a Dios. En Capernaum no hizo milagros por la incredulidad de ellos. La resolución de Job debiéramos hacerla nuestra: “He aquí aunque Él me matare en Él esperaré. No obstante defenderé delante de Él mis caminos” (Job 13:15). Siempre se hará la perfecta voluntad de Dios nuestro Señor y Redentor. ¡Shalom!






