Por Willy Moeller
¿Por qué elige Dios a uno de los hombres más perversos de la época para depositar en él el evangelio de la gracia, es decir el evangelio de Jesucristo? Al margen de que Dios siempre escoge a los más débiles para manifestar su gloria, en esta ocasión tomó a Saulo de Tarso, uno que era posiblemente el más cruel de la época.
Las Escrituras dicen que Saulo era hijo de fariseo, nacido en Tarso de Cilicia, centro de la cultura y el saber griego; de una familia judía de la tribu de Benjamín. Su padre era ciudadano de Tarso, lo que hace suponer que tenía una buena posición en la sociedad. Por su formación rígida de fariseo, recibida desde la niñez, era muy celoso de todo lo que estaba en contra de ella e irreprensible en su cumplimiento. Es decir, Pablo se tomaba su rol muy en serio. Era irreprochable en cuanto a la justicia.
Filipenses 3:6 dice: que «en cuanto a celo, perseguidor de la iglesia; en cuanto a la justicia que es en la ley, irreprensible». Fue circuncidado el octavo día después de su nacimiento, y recibió el nombre de Saulo, que significa «el deseado». «Circuncidado al octavo día, del linaje de Israel, de la tribu de Benjamín, hebreo de hebreos; en cuanto a la ley, fariseo» (Filipenses 3:5).
El niño Saulo fue instruido en la lengua aramea y educado en la fiel observancia de la ley y de las tradiciones de los mayores. Dios escogió justamente al mayor exponente de la ley de la época para manifestar su gracia en él y darle la encomienda de darle a conocer este misterio a los gentiles.
Según la costumbre judía, desde los cinco años debió de aprender a leer las Escrituras hebreas. Desde su juventud aprendió también la lengua griega, que era la común en Tarso. A los quince años fue enviado a Jerusalén para formarse a fondo en el conocimiento de la Escritura y de las tradiciones y métodos rabínicos. Allí fue discípulo de Gamaliel.
“Yo de cierto soy judío, nacido en Tarso de Cilicia, pero criado en esta ciudad, instruido a los pies de Gamaliel, estrictamente conforme a la ley de nuestros padres, celoso de Dios, como hoy lo sois todos vosotros” (Hechos 22:3).
Pablo estudió a fondo el Antiguo Testamento, los métodos exegéticos de los rabinos, es decir, métodos científicos de interpretación crítica y completa de las Escrituras, y se convirtió en fanático entusiasta de los fariseos. La exégesis tradicional requiere lo siguiente: análisis de palabras significativas en el texto, en el marco de la traducción; examen del contexto general histórico y cultural, confirmación de los límites de un pasaje, y finalmente, examen del contexto dentro del texto. “…y en el judaísmo aventajaba a muchos de mis contemporáneos en mi nación, siendo mucho más celoso de las tradiciones de mis padres” (Gálatas 1:14).
Pablo era fabricante de tiendas. Probablemente compraba la lona o la tejía él mismo y confeccionaba las tiendas. Ejercía su oficio para sustentarse y para no ser piedra de tropiezo para los gentiles. “…y como era del mismo oficio, se quedó con ellos, y trabajaban juntos, pues el oficio de ellos era hacer tiendas” (Hechos 18:3).
Pablo fue la personalidad más influyente del mundo cristiano. Su mensaje era completamente diferente al mensaje de ley que rigió hasta entonces, y dio inicio a la comunicación del nuevo pacto que Dios tenía previsto para los hombres desde antes de la fundación del mundo.
Su personalidad y apariencia física
La apariencia física de Pablo no era impresionante ni atrayente; sus adversarios se burlaban de él diciéndole que su presencia era poca cosa y su palabra despreciable. Él mismo hace referencia a su apariencia en este versículo: “Porque a la verdad, dicen, las cartas son duras y fuertes; mas la presencia corporal débil, y la palabra menospreciable” (2 Corintios 10:10).
Su salud era débil; sufría de una enfermedad que él mismo calificaba como un aguijón en la carne enviado por Satanás.
“Y para que la grandeza de las revelaciones no me exaltase desmedidamente, me fue dado un aguijón en mi carne, un mensajero de Satanás que me abofetee, para que no me enaltezca sobremanera; respecto a lo cual tres veces he rogado al Señor, que lo quite de mí. Y me ha dicho: Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad. Por tanto, de buena gana me gloriaré más bien en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo” (2 Corintios 12:7-9).
Dios le contestó que la dimensión de la revelación era tan grande que era necesario que tuviera este problema para evitar que él se enalteciera por este motivo y ocultara la gloria de Cristo en él. Pablo tenía un temperamento de líder, una constancia inquebrantable, iniciativa, voluntad de hierro, gran capacidad de trabajo, un carácter conquistador y una resistencia única. Y ahora con el Señor y el poder de su fuerza en él ya se puede imaginar cómo estas características, mezcladas con el amor y gloria de Dios, influyeron para convertirlo en el hombre de mayor trascendencia en la historia cristiana.
Lo más precioso de todo es que Dios le revela a Pablo que ya no era él el que operaba, sino otra persona en él: Jesucristo, y se inicia la operación más grandiosa en la historia de la humanidad: ¡Dios funcionando a través del hombre en la tierra! Leemos a lo largo de las cartas de Pablo cómo se empeñaba en anunciar las virtudes de Jesucristo con sus acciones y por medio de las palabras que el Señor ponía en sus labios.
“Mas os hago saber, hermanos, que el evangelio anunciado por mí, no es según hombre; pues yo ni lo recibí ni lo aprendí de hombre alguno, sino por revelación de Jesucristo” (Gálatas 1:11-12).
La revelación de Jesucristo cambió por completo el espíritu de Saulo de Tarso, transformándolo en Pablo, poniendo en él al Espíritu Santo, quien le reveló a Jesucristo como su nuevo Señor. Para que sucediera esto, le fue revelado el verdadero significado de la cruz, e hizo que Pablo predicara a Jesucristo crucificado y resucitado y ahora viviendo en él. ¿No es ésta la revelación más fantástica de la historia? Cada vez nos queda más claro el porqué dijo Pablo que si aun un ángel del cielo anunciare otro evangelio, sea considerado como maldición, es decir, lo debemos rechazar de inmediato, no prestar oídos nuevamente a la ley, que fue sepultada con Jesucristo.
“Pero cuando vi que no andaban rectamente conforme a la verdad del evangelio, dije a Pedro delante de todos: Si tú, siendo judío, vives como los gentiles y no como judío, ¿por qué obligas a los gentiles a judaizar? Nosotros, judíos de nacimiento, y no pecadores de entre los gentiles, sabiendo que el hombre no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe de Jesucristo, nosotros también hemos creído en Jesucristo, para ser justificados por la fe de Cristo y no por las obras de la ley, por cuanto por las obras de la ley nadie será justificado” (Gálatas 2:14-16).
Es muy fácil caer de nuevo en las trampas de la ley, como le pasó al apóstol Pedro, y Pablo le tuvo que llamar la atención, recalcándole que ahora vivimos bajo la fe en Jesucristo y que ya fuimos justificados por Él. Se está levantando un pueblo poderoso con esta verdad; somos los portadores del último mensaje antes de la llegada del León de Judá, con poder y gloria, tal cual esperaban los judíos (y siguen esperando) hace dos mil años. Él nació en un pesebre y caminó como hombre, y los suyos no le recibieron, pero ahora viene con todo su esplendor y gloria a recoger a sus hijos en las nubes para que reinemos con Él eternamente.
A millones de sus hijos les está siendo revelada esta verdad, para cosechar a muchos millones más y trasladarlosde las tinieblas a la luz de Cristo, y de la ley a la gracia de Él. Vendrán tiempos difíciles de persecución, pero la gloria de Jesucristo es mucho más poderosa que las patadas de ahogado de Satanás, a quien puso bajo nuestros pies hace dos mil años.






