El mensaje de la cruz es una locura para los que se pierden, en cambio, para los que se salvan, es decir, para nosotros, este mensaje es el poder de Dios” (1 Cor.1:18 N.V.Intl)
El calvario es escenario de contrastes; allí se puso en evidencia lo más grotesco de la naturaleza humana, y lo más sublime de la naturaleza Divina.
Allí se manifestó como un tornado el odio, y como una caricia el amor. En la cruz se conjura el juicio al pecado y se consuma el plan de redención.
En la cruz se revela la ignorancia, la insensatez y la insensibilidad humana; en contraste con la misericordia, la compasión y el amor Divino. Alli se han dado cita lo más bajo de la naturaleza caída y lo más elevado de la naturaleza Divina. En este escenario la luz surge de las tinieblas, la vida de la muerte y la paz de la tormenta.
En la cruz pueden distinguirse los extremos; la derecha y la izquierda;y ambos son absorbidos por el centro que encarna la redención. De un lado solo insultos, del otro confesión; del centro perdón, afirmación y promesa. La intercesión del redentor contrasta con injuria y rebelión de la humanidad. Mientras al pie de la cruz se juegan su túnica, el redentor se juega la vida por amor a la humanidad.
En la cruz Dios se abre a la humanidad, mientras la humanidad cierra sus ojos y endurece sus corazones rechazando la sublime revelación de la gracia divina. Al pie de la cruz la sórdida multitud solo sabe de burlas y odios; sobre la cruz todo es amor y perdón.
Son incontables los contrastes en la cruz, y sobre todo lo que el enemigo consideró el fracaso se convirtió en la victoria sobre la carne, el pecado y el mismo Diablo. El crucificado no se consumió, se consumió como el sacrificio perfecto para la redención de la humanidad. La cruz no fue el final sino la puerta que nos da acceso al camino nuevo y vivo por el cual tenernos entrada al reino eterno. ¡Bendito sea el que murió y resucitó para nuestra redención!





