Sevilla (www.MercadoCristiano.com) En plena conmoción del siglo XVI, con los movimientos milenaristas, la Reforma luterana y la reacción de los teólogos de Trento en plena ebullición, las dos urbes más importantes de España, Sevilla y Valladolid, dieron cobijo a los dos únicos focos importantes del erasmismo español.
La historia de lo acontecido en la ciudad castellana fue novelada hace unos años por Miguel Delibes en «El hereje». Por el contrario, lo acaecido en Sevilla, con epicentro en el Monasterio de San Isidoro del Campo de Santiponce, ha permanecido «silenciado por la historiografía oficial», además de virgen como territorio para la experiencia literaria asegura LaBibliaWeb.
Ahora, la obra «Memoria de cenizas», que su autora, la periodista Eva Díaz Pérez, define como «una historia novelada más que como una novela histórica», recupera este fascinante episodio del pasado sevillano cuyo epígono fue, ni más ni menos, que la edición de la célebre Biblia del Oso, la primera versión al castellano de la Biblia, publicada por Casiodoro de Reina en Amberes, en 1569, y, por supuesto, prohibida en la Península Ibérica.
En una visita al Monasterio de San Isidoro del Campo hace cinco años para escribir un reportaje, Eva Díaz Pérez escuchó por vez primera la historia de los monjes jerónimos que vivieron, de forma secreta, un brote erasmista. Su curiosidad la llevó a investigar la historia hasta que descubrió que junto a los religiosos hubo un grupo de nobles y eruditos sevillanos que cultivaron las enseñanzas del reformador de Rotterdam.
La novela arranca en 1540 y concluye en 1569, con la publicación de la Biblia del Oso. Sevilla se erige en protagonista destacada. Sus calles y plazas, el tráfico de barcos por el Guadalquivir y la llegada de la flota de Indias, las fiestas del Corpus, los autos de fe y las costumbres de la época transitan por sus páginas alternándose con los terribles sucesos que acabaron por sepultar a los pocos heterodoxos andaluces que se atrevieron a desafiar la doctrina de la ortodoxia dictada por Roma. Tanto el lenguaje utilizado –todo un ejemplo de exhaustiva documentación lingüística– como los personajes se ajustan a los hechos que ocurrieron en esos veinte años.