Ashiya. Han crecido en una de las sociedades más ricas del mundo. Desde la más tierna infancia sus padres les han proporcionado todo lo que han querido y más. Pero no tienen amigos y muchos son hijos únicos. No hablan con nadie, ni siquiera con sus padres. No se interesan por nada. El mundo exterior no cuenta para ellos. Están encerrados en su cuarto. Se trata de un fenómeno que afecta a un creciente número de jóvenes japoneses desde los 13 a los 30 años.
Se les conoce con el apelativo de hikikomori, que en japonés puede significar: inhibición, reclusión, aislamiento. La mayoría son (o han sido) estudiantes brillantes que no han podido sobrellevar el estrés de las exigencias y requerimientos de una sociedad competitiva.
Su cuarto está abarrotado de aparatos de todas clases: televisor, PlayStation, DVD, ordenador, teléfono móvil (que ahora no usan). Se pasan la noche jugando con el ordenador (videojuegos) o viendo televisión, y durante el día duermen. La mayoría son pacíficos, pero no todos.
Apartarse del mundo
El inesperado –y con frecuencia repentino– retiro silencioso de chicos y chicas normalmente alegres, inteligentes y sociables, es uno de los misterios más desconcertantes de la sociedad japonesa de hoy. Miles de adolescentes y jóvenes se recluyen herméticamente en su cuarto, apartándose del mundo exterior. Como ocurre con frecuencia en los trastornos psíquicos de conducta, su estado no se debate abiertamente. Pero el fenómeno es objeto de documentales televisivos, artículos de prensa y reportajes, así como de más de treinta libros. Ellos tampoco quieren que se conozca y si los padres tratan de procurarles ayuda, se rebelan de forma violenta o amenazan con suicidarse.
La mayoría permanecen literalmente encerrados, sin contacto con el exterior. Otros salen de vez en cuando de sus casas por breve tiempo, casi siempre de noche, rehúsan trabajar y evitan todo tipo de trato social. Según datos estadísticos oficiales, el 41% de ellos viven como reclusos entre uno y cinco años. En 2002 se registraron 6.151 casos en 697 centros de salud. De todos modos, estas cifras no son en absoluto exhaustivas, porque la inmensa mayoría de los casos no se hacen públicos. Bastantes sufren enfermedades mentales como depresión, agorafobia o esquizofrenia, pero los expertos dicen que la gran mayoría de estos “reclusos” se encierran durante seis meses o más sin mostrar ninguna otra señal de trastorno neurológico o psiquiátrico.
Los expertos estiman que el total de afectados supera el millón, lo que puede parecer exagerado. Pero mientras no se lleve a cabo un estudio más detallado de la cuestión, esas cifras son por el momento tan difíciles de probar como de refutar.
La cultura de la vergüenza
Entre las diversas razones que dan para explicar este fenómeno, muchos expertos coinciden en que una de las principales es el descenso de la natalidad (el índice de fecundidad es de 1,3 hijos por mujer). El reducido número de nacimientos significa que cada vez más familias tienen un solo hijo, en el que ponen todas sus esperanzas. Por otra parte, estos jóvenes crecen sin un modelo de conducta masculino, porque sus padres están siempre fuera del hogar debido a las largas horas de permanencia en la empresa que les exige su trabajo, si quieren conservar su puesto.
Además, la llamada “cultura de la vergüenza” –típica de Japón– hace que la gente esté pendiente de cómo son percibidos por otros, si tienen algún problema de ajuste en su grupo social. “Un blanco en el currículo equivale a suicidio social. Una vez que te has separado del grupo en esta sociedad enfermiza –dice una de las víctimas, que ha logrado recuperarse– no hay forma humana de volver. Hikikomori no es una enfermedad propiamente dicha, sino una condición social. Mientras Japón no se convierta en un lugar más fácil para vivir, el número no disminuirá”.
La riqueza de Japón hace posible el fenómeno de aislamiento social. Tanto a los adolescentes como a los jóvenes (conocidos con el apelativo de solterones parásitos) los mantienen sus padres. “Cuando yo era joven nadie se libraba de ir a trabajar. Ahora las familias tienen dinero suficiente y los hijos no necesitan encontrar trabajo enseguida”, dice Hiromi Ohno, cuyo hijo vive encerrado en su habitación y a quien apenas ha visto en siete años. Ella y su marido han decidido no pasarle por debajo de la puerta de su cuarto un sobre con 50.000 yenes de asignación mensual, como venían haciendo desde hace años, para ver si así sale de su “nido”.
En Japón es fácil vivir entre cuatro paredes, dice Seiei Muto, de Tokyo Mental Health Academy, y con el descenso de la natalidad los niños juegan solos, comen solos, estudian solos.
Muto y otros dicen que en Japón hay un deterioro efectivo de la capacidad de comunicación. El incremento del anonimato, sobre todo en las grandes ciudades, y el colapso de la mutua cooperación entre vecinos son los factores principales.
También hay quienes piensan que el problema tiene profundas raíces históricas y culturales. “Japón es un país rico, pero los japoneses carecemos de identidad y nos falta confianza y habilidad para comunicar con otros –dice Tadashi Yamazoe, profesor de psicología clínica en Kyoto Gakuen University, en una entrevista publicada en The Japan Times–. Los japoneses tienen en general una personalidad pasiva”.
Pero otros muchos dicen que hikikomori es un fenómeno moderno que evidencia la gran brecha generacional entre los que con su trabajo abnegado pusieron las bases y construyeron el éxito económico de posguerra y sus hijos, que no quieren y ni siquiera pueden ya lograr el empleo vitalicio de sus padres, en la presente estructura económica del país.
[...] un poco de alivio al saber que mi condición psicológica se encuentra tipificada. Aparte de la de hikikomori, con la que no me sentía tan mal [...]