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Resistencia como respuesta cristiana a la globalización, recomienda teólogo

CIUDAD DE MÉXICO, Setiembre 26, 2003 (alc). Ante la impotencia y el sentimiento de que no hay alternativas al predominio de la globalización y sus consecuencias negativas, los cristianos no tenemos otra opción que resistir a la sociedad de consumo; un sistema construido sobre falsas premisas y valores distorsionados.

Esta es la conclusión a que llegó el teólogo ecuatoriano René Padilla en una ponencia presentada en la II Consulta Mundial “Impacto de la Globalización sobre los Pobres”, que se realiza, del 22 al 26 del corriente mes en la ciudad mexicana de Querétaro y a la que asisten 200 personas de 50 países.

El encuentro fue convocado por la Red Miqueas, que preside Padilla, y que agrupa a 50 miembros individuales y 250 organizaciones e iglesias evangélicas con el objetivo de promover la misión integral e incidir en el ámbito global y regional sobre el tema de la pobreza.

En su conferencia, Padilla refutó la idea de que la globalización capitalista sea una nueva etapa de la modernización. Esta idea se basa en que el desarrollo incluye el asunto de los valores y actitudes, y no en los intereses materiales envueltos en la expansión capitalista.

El hecho, dijo, es que la cultura-ideología del consumismo tiene sus raíces en los tiempos modernos: “Los miembros de la clase transnacional, que poseen y controlan las mayores corporaciones, son descendientes directos del Iluminismo y las corporaciones transnacionales son la última y más sofisticada materialización de pensamientos que se formularon en Europa antes del siglo XVIII”.

También rechazó la tesis de que “la integración de las economías locales en el sistema global capitalista es la puerta que conduce al progreso económico”. El sistema económico global “está casi totalmente orientado a la acumulación de riqueza, y no a la satisfacción de las necesidades básicas humanas”, dijo.

“En los países de América Latina hemos aprendido, dolorosamente, que, nos guste o no, somos parte de un sistema económico mundial sobre el cual nuestros estados y gobiernos tienen muy poco o ningún control”, indicó.

“Hablar de globalización hoy es básicamente hablar de una realidad económica transnacional que condiciona decisivamente la vida humana en todo el mundo, tanto a nivel individual como comunitario”, afirmó Padilla.

El efecto más dramático de la economía mundial de mercado, agregó, “ha sido la emergencia de una nueva división de la sociedad que resalta una nueva “polarización de clase”, entre ricos y pobres, que se ha hecho más visible en el Tercer Mundo. En la cima de la escalera social están “los elegidos”, que se benefician del sistema, los propietarios de acciones financieras, los consumidores por excelencia”, agregó el teólogo bautista y dirigente histórico de la Fraternidad Teológica Latinoamericana (FTL).

Para los cristianos, sostuvo, “el problema que el capitalismo global plantea no es meramente, ni siquiera fundamentalmente, económico o técnico, sino moral y espiritual. Como Cynthia D. Moe-Lobeda dijo el llamado de “ama a tu prójimo como a ti mismo”, incluye un llamado a subvertir las estructuras de explotación y forjar alternativas de fe.

Padilla recordó que en una reunión del Pacto de Lausana, hace unos años, dijo que “detrás del materialismo que caracteriza la sociedad de consumo se encuentran los poderes de destrucción”, las fuerzas espirituales contra las que luchamos, a que se refiere el Nuevo Testamento y especialmente Pablo. “La sociedad de consumo es la situación social, política y económica en que ha tomado forma hoy el mundo dominado por los poderes de la destrucción”, agregó.

Ante esta situación, afirmó, lo primero que tenemos que hacer es confiar en el poder del Señor y ponernos la armadura de Dios. En otras palabras, dijo, la respuesta a la deshumanizante globalización es “reconocer con absoluta seriedad que nuestra vida y misión está arraigada en el Evangelio”.

En segundo lugar, dijo, debemos entender que el Evangelio incluye un compromiso con Cristo, como el Señor de la totalidad de la vida y de toda la Creación. Esto significa que el Evangelio, sin negar su contenido personal, íntimo, es un mensaje público que debe proclamarse en el contexto de la globalización económica que amenaza la vida.

“La misión integral, resaltó Padilla, se produce cuando es genuina expresión de la vida en Cristo, a través de lo que la Iglesia es, hace y dice como testigo de Jesucristo, el Señor de la totalidad de la vida”.

“Si el Evangelio de la Reconciliación mediante Cristo debe ser encarnado en la comunidad cristiana, no hay forma de eludir el tema planteado por la división de la sociedad, tanto a nivel local como global y a lo largo de las líneas social, cultural, económica, racial, política o de clase”, subrayó.

El primer requisito para la misión en este tiempo de cambio de siglo es la formación de iglesias que encarnen el Evangelio de la Reconciliación, afirmó.

“Si los cristianos hemos sido salvados para servir, no hay lugar para la división que a menudo hacemos entre evangelio personal y evangelio social, entre evangelización y responsabilidad social. En un mundo profundamente afectado por la pobreza, la explotación, la violencia institucional y la injusticia, la iglesia está llamada a encarnar el amor y la justicia de Dios”, concluyó Padilla.

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